
El predio de Palermo, que ocupa un lugar importante en el espacio público y uno tal vez más grande en la memoria afectiva de todos los porteños, está atravesado por distintos debates. Casi todos los aspectos relacionados con el Zoológico Eduardo Holmberg son objeto de controversia. ¿Está bien tener animales en cautiverio? ¿La gestión debe estar a cargo del Estado o de privados? Un zoo, ¿debe dar ganancias? ¿Cuáles son las funciones que debe llevar adelante? ¿Debe ser primordialmente un paseo o lo indicado es que cumpla tareas relacionadas con la conservación o la investigación científica?
Está, por otra parte, la cuestión patrimonial, específica de este zoo. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que hay que preservar los hermosos pabellones de comienzos del siglo XX, declarados patrimonio histórico nacional en 1997. Este requerimiento, que impide hacer espacio para nuevas instalaciones, tampoco se cumple plenamente, ya que muchos están deteriorados. Por su ubicación en el centro urbano, el zoológico no puede crecer, de manera que la cuestión del espacio agudiza el debate acerca de cuáles son las prioridades.
Modelos de cautiverio
En la Navidad de 2012, la muerte de Winner, el oso polar, reabrió el debate. Para Bertonatti, “el zoológico se transformó en un lugar donde los animales son cosas. Una colección de animales exhibida con fines comerciales. Un zoológico no se crea para eso. Un zoológico es una institución que tiene cuatro grandes objetivos: conservar la naturaleza con énfasis en la fauna, educar ambientalmente, investigar y recrear”. Adrián Camps coincide: “El zoológico debe replantearse en su totalidad y no puede ser concebido como un centro de entretenimiento donde se lucra con la exhibición de animales. Solamente el estado puede cambiar ese esquema, comenzar una reconversión y adaptarlo al siglo en que vivimos”.
Sin embargo, para Juan Pablo Guaita, actual director del Jardín Zoológico, los animales atractivos para los chicos sostienen a los otros proyectos: “Prescindir de los grandes animales es cerrar la puerta a un zoo al que la gente viene a encontrar una fauna que no ve normalmente. Si se hiciera, la afectación sobre el público sería grave. Es una necesidad de que el zoo tenga una oferta importante para convocar público. Un parque de fauna autóctona no se podría sostener”.
La oferta de fauna está directamente vinculada con la de la rentabilidad, necesaria en la medida que es gestionado por privados. Para Bertonatti, “es necesario tener una colección de animales coherente con los objetivos de un centro de conservación. Eso exige abandonar a los elefantes, los leones, los rinocerontes y adoptar los exponentes de la fauna argentina. Los empresarios dicen que si no los tienen, la gente no va a ir de visita y yo aseguro que, si se hace un buen zoológico, la gente va a seguir yendo”. La postura del ex director y de otros que sostienen que los zoológicos tienen que cambiar nos devuelve una imagen totalmente distinta de estos parques, con otro modelo de gestión, otra razón de ser y otros objetivos, cada vez más lejos del espectáculo del “circo de fieras”.
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